28 años ilustrando profesionalmente

Texto escrito por nuestro asociado David Chávez y publicado en su blog  El confabulario ilustrado

Ahora entiendo estas ojeras, son producto de tantos desvelos diseñando e ilustrando (buen pretexto para evadir mi edad).

Soy ilustrador editorial. Comencé en este negocio a mis 22 años de edad gracias a mi maestro en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y quien, en aquel entonces, creyó en mi habilidad y creatividad y me involucró en enormes proyectos de ilustración científica para libros de biología de educación media y profesional para McGraw-Hill —desde ese momento comencé a aprender todo lo relacionado con los procesos editoriales, de la creación de mi primer despacho empleando a mis compañeros de universidad y foguearme como ilustrador.

Las cosas han cambiado de aquellos años para acá. Ahora la mayoría de las editoriales, grandes o pequeñas, pagan mal —con base en sus propios tabuladores, mismos que nos dejan poco margen de negociación—. De hecho, cuando un proyecto inicia, se acercan a ti y te piden una cotización —aún cuando saben cuánto pueden ofrecerte como tope—, tras lo cual ocurre una de las dos siguientes cosas:

Si lo que cobras por tu trabajo excede lo que pueden ofrecer, entonces buscan a gente nueva que no tiene la misma experiencia que tú y le dan el trabajo pagándole montos risorios. Si, por el contrario, obtienes el proyecto, recibes el pago por él hasta la entrega final —eso en el mejor de los casos— o meses después de ella.

Hablo con conocimiento de causa. Tan sólo en los últimos proyectos he tenido que esperar mi pago durante más de cuatro meses después de haber terminado. Peor aún, el año pasado el responsable de pagos de una editorial me dijo que no habían vendido lo suficiente en la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ), y para pagarme tendrían que esperar a recuperarse en la FIL de Guadalajara.

Lo anterior me hace pensar que nosotros, los ilustradores o diseñadores freelance, de una u otra forma, financiamos a estas empresas.

Por otra parte, muchas editoriales y editores son desorganizados, no saben planear y para el término de sus proyectos consideran que nosotros no tenemos vida, cuentan con que trabajemos sábados y domingos —como si por ser freelance para nosotros no hubiera descanso, pues somos el cuello de botella de los procesos. Además que piensan que ilustrar una escena, o diseñar personajes es facilísimo.

Las editoriales también son ingratas cuando en nuestros contratos no incluyen beneficios derivados de nuestra autoría intelectual o, por lo menos, la mención —crédito en la página legal— de nuestro trabajo. Y ni qué decir de los ejemplares de cortesía que nos permitan incrementar el acervo de nuestro propio esfuerzo porque las más de las veces no los hay.

Quizá lo anterior se deba a que las actividades relacionadas con las artes gráficas, como la ilustración, están catalogadas como oficios que no requieren propiamente de estudios y están catalogadas como negocios tradicionales —esto lo aprendí durante los cursos a los que asistí en el Instituto Nacional del Emprendedor (INADEM) y la incubadora de negocios de la UNAM (INNOVA).

Así es esto —por lo menos en mi caso, aunque no dudo que haya alguien que trabaje en mejores condiciones— y justo en esto suelen basarse mis quejas recurrentes sobre la industria editorial.

¿Y por qué pese a estas inconformidades sigo ilustrando libros y publicaciones? Hay quien dice que por necedad, y es cierto —bueno, quizá no, quizá sea algo más profundo.

Aunque mi objetivo en la vida hoy en día es ganar más que el viene-viene o, por lo menos, lo mínimo necesario para vivir, yo no ilustro por dinero —ya he dejado claro que no es un trabajo bien pagado y tan no lo es que debo complementar mis ingresos con actividades como la diagramación y el diseño de libros, porque, por supuesto que hago más que ilustrar.

Yo ilustro por lo que implica esta actividad (para la que, por supuesto, los genes de mis padres han contribuido): leer un original, interpretar lo que quiso decir el autor, investigar tanto cuáles son las tendencias en técnicas a nivel nacional e internacional, así como la investigación científica para precisión de las imágenes, bocetar con base en ello, elegir la técnica precisa para esa historia y el público a quien será dirigido, aplicar el color y ver el resultado.

Aunque lo que menciono es poco comparado con todo aquello en lo que antes el ilustrador tenía participación como conocer al autor, estar en reuniones con los gerentes de varias áreas como ventas, finanzas y mercadotecnia, y hasta en la prueba de roll en la imprenta, ésta es una actividad satisfactoria para mí. Diario hago cosas diferentes que me hacen sentirme vivo.

Lo que no es satisfactorio es tener que adivinar lo que quiere el jefe editorial, el gerente de ventas o la nana del hijo del dueño —aunque no lo crean me ha pasado—; hacer cambios mínimos e irrelevantes a última hora que en nada contribuyen a las historias, pero que deben hacerse porque así ha sido requerido por quien manda —y que no necesariamente sabe de lo que habla—; o el trato impersonal con los editores, y que al final, algunas ilustraciones no se apeguen a lo que yo percibí desde su escencia, desde una autoría intelectual creativa de un trabajo de arte.

Sobre este último punto no está de más decir que el internet ha contribuido a que sea cada vez más común. ¿Por qué? Porque las empresas ahora te contactan casi exclusivamente por email. Ya casi no hay llamadas que den pie a la retroalimentación mediante la que es posible que el editor y el ilustrador se involucren hasta la médula con los contenidos y confíen el uno en el otro —porque al final son un equipo. Pero que cada uno de ese equipo percibe las cosas de muy diferente manera e influenciados por gustos personales, más no por lo que requiere el cliente final.

Esta parte en especial se la dedico a aquella editora y ahora gran amiga —sí, hablo de ti que amas los mangos. ¡Estoy seguro de que vas a leer esto!—, que trabajamos hasta el extremo a finales del 2016 con la ilustración de un libro infantil en el que nos fusionamos de tal forma que el resultado, pese a ciertos comentarios como “no mames, ¿es en serio este cambio que me pides?”, fue un libro en el que las ilustraciones están llenas de pasión, devoción, entrega y una simbiosis muy valiosa en la construcción de una nueva relación de confianza y amistad mutua.

El contacto que nos permitió involucrarnos con el contenido fue para mí una recompensa. Y otra más llegó cuando vi el libro impreso, porque compensó toda corrección hecha sobre la marcha de la creación de las más de 50 ilustraciones que incluye el libro del que hablo —y por las que dejé de gozar de mis fines de semana y dormí de tres a cinco horas diarias durante un par de meses.

Aquella aventura se cerró con la presentación del libro en la FILIJ, en donde firmé ejemplares en compañía del autor, y mientras ella hacía la presentación del libro ante el público, pensaba: “Te odio, pero te amo, querida editora, ahí está nuestro librhijo —como solíamos decirle—.

Al final, y lo digo de verdad, el pago varios meses después no tenía tanta importancia. Lo valioso de todo fue el trayecto que incluyó el contacto humano que da como resultado un producto satisfactorio para ambas partes —el que no existe con otros clientes y que son totalmente impersonales— y que me recordó que en efecto, yo no ilustro ni por dinero ni por necedad; se trata de algo más profundo, es pasión, la que dejo en cada uno de los trazos, la que invierto cuando busco nuevos efectos que logren el resultado que el cliente busca, la que me desborda cuando la entrega final se aproxima, la que siento cuando pienso “Maldito librhijo. En mí te quedas y contigo me voy”.

Los textos de opinión que en este blog se encuentran no representan necesariamente la opinión de la AMDI y de todos sus asociados. Creemos en la diversidad de opiniones y en la necesidad de espacios de expresión